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La cárcel de la ansiedad

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Es una presión en el pecho que no te deja respirar. La desgana que te priva de las ganas de reír.

Un nudo en el estómago que no te deja comer. O unas ganas voraces de ingerir cualquier cosa.

Son los grilletes que te impiden salir de casa. El miedo que te impide levantarte por la mañana. Las lágrimas que aparecen sin motivo.

La impotencia por depender de la medicación. Las noches en vela cuando necesitas cerrar las ojos y dejarte ir.

El bloqueo emocional para tomar las riendas de tu vida.

Es la oscuridad que se apodera de tu rostro y de tu alma cuando los demás no te ven.

Pero lo peor, lo infinitamente peor de la ansiedad, es que el resto del mundo piensa que es voluntaria cuando darías cualquier cosa por arrancarla de tu vida.

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Presentación

descargaHay personas que hacen las cosas simples, son pragmáticas, rápidas en su razonamiento y buscan siempre la solución más práctica y sencilla a las situaciones a las que se enfrentan. No les dan vueltas a lo que los demás piensen de ellas; se muestran seguras, desenfadadas y no son problemáticas en sus relaciones con otras personas: todo les va bien. Todo es simple y llano.

Por otra parte, hay gente que tiene una tremenda inseguridad y cada vez que se encuentra ante un pequeño dilema cotidiano, cree estar ante la encrucijada de su vida, como si de ello dependiese la paz mundial o algo por el estilo. Se paran a entender lo que tienen delante, le dan vueltas, preguntan una y otra vez y tardan una eternidad en tomar una decisión. Sufren pensando en las posibles consecuencias de ponerle más o menos azucar al café de la mañana como si éso las fuese a convertir en diabéticas. Y entre tomar una decisión y otra se les va la vida.

Bien, y en una categoría aparte, estoy yo. Sí: YO.

Lo cierto es que seria divertido ver como funciona mi cabeza por dentro. De hecho creo que algún director de cine debería hacer una película sobre las cosas que me imagino.

En mi caso, no es que no entienda que hay decisiones que no son trascendentales en la vida y que por lo tanto debo despacharlas en un plís. Mi problema es que mi subconsciente funciona tan rápidamente y de forma tan independiente del resto del cerebro que llego a conclusiones “lógicas” -siempre que se siga mi concatenación argumental causa-efecto – que la mayor parte de la especie humana no entiende.

Por ejemplo, si envío una pregunta por whatsapp a algún amigo y minutos más tarde veo que efectivamente ha leído mi texto pero no me ha contestado, mi cerebro puede asumir que está ocupado y en ese momento no puede atenderme. Bien, de acuerdo. Si sigue sin darme respuesta 2 horas más tarde, lo que mi cerebro me dirá es que es altamente probable que esta persona esté enfadada conmigo (entonces descubriré aquel posible detalle del último día que nos vimos y diré “pues a lo mejor le ha parecido mal”), o bien que ha podido tener un percance doméstico, o también que a lo mejor ha tenido un accidente con el coche precisamente por leer mi whatsapp o incluso… ¡que ha sido abducida por Íker Jiménez!

Sí, tal cual! Del hecho más simple y cotidiano mi cerebro le saca tantas posibles variables causales sin sentido de manera que los hechos más sencillos y simples a veces se convierten en quebraderos de cabeza. Y ése es precisamente el motivo principal por el cual empiezo este blog: para desenmarañarlos poniéndolos por escrito.