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¿Para qué sirve la experiencia?

Se vuelve a repetir. Otra persona pero la misma actitud hacia mí. Por una parte, expresa que me aprecia mucho y que le caigo bien; por la otra, ignora mis mensajes y llamadas y no tiene interés en quedar conmigo o verme.

Oh! Oh! Ésto ya lo he vivido antes… Y es que, nuestra forma de tratar a las personas que nos agradan, salvo matices, es la misma. Si alguien es considerado con las preocupaciones de los demás pero también algo insistente, lo seguirá siendo en las sucesivas relaciones interpersonales que desarrolle a lo largo de su vida. O no.

La memoria está ahí para recordarnos las similitudes con experiencias pasadas y como concluyeron dichas experiencias. Y si resulta que el balance no fue todo lo negativo que nos hubiera gustado… ya sabemos lo que tenemos que hacer: frenar en seco.

Parar. Enfriar la cabeza. Recordar, comparar y analizar.No nos precipitemos. ¿Es realmente lo que estoy viviendo equiparable a lo vivido anteriormente?

Cuando la respuesta sea que sí tiene un parecido razonable es el momento de decir: “No”. “No voy a volver a pasar por ésto de nuevo; no me voy a crear un sufrimiento que sé que no me conduce a ningún lugar bueno”.

La experiencia nos muestra el camino a seguir pero debemos ser capaces de aprender de los errores, de autoanalizarnos, de abrir la mente y ser críticos con nosostros mismos. Es difícil asumir que hemos vuelto a tomar el camino equivocado, pero por lo menos habremos malgastado tan poca energía que nos dá la posibilidad de volver atrás y tomar otros senderos. Sólo así podremos mejorar como personas y mejorar nuestra vida.

Normas para una post-relación

Cuando se termina una relación sentimental te debates entre seguir hablando con esa persona de modo normal o bien apartarla de tu vida de forma tajante. Pero, ¿alguien sabe cuál es la mejor manera de hacerlo?

El apego hacia una persona que hemos querido y con la que hemos compartido muchos momentos, buenos o menos buenos, nos hace querer seguir en esa inercia. Pero nuestra mente realmente sabe cuándo esa situación nos hace más daño del bien que nos aporta. Es el momento de pensar en el objetivo que ahora debemos poner por delante y que se supone que es pasar página, rehacer nuestra vida, “desacostumbrarnos a la presencia del otro”.

Pensemos en quién ha motivado realmente la separación. Se nos presentan varias disyuntivas.

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Si se termina de mutuo acuerdo, podríamos pensar que es sencillo seguir viéndose de modo habitual y con un trato cercano. Ninguno de los dos debería pasarlo mal y ambos deberían poder cambiar sus rutinas de vida sin problema alguno. Pero también es cierto que cuando llega el fin de una relación, no es lo mismo “saber lo que hay que hacer” que “llevarlo a cabo”. Las rutinas dominan nuestra vida y la hacen más cómoda y segura. De modo que es normal pasar un tiempo “echando de menos” al otro, aunque sepamos a ciencia cierta que no nos convenía.

En el caso de que la separación sea a instancia de una de las partes, el tema se vuelve más complejo. Si esa persona no me llena como pareja o no estoy preparada para atarme a nadie o me trae más quebraderos de cabeza que satisfacciones, ¿se supone que no podemos ser amigos?

Se supone que con nuestras amistades hablamos de lo que se nos pasa por la cabeza, de si estamos bajos de moral, de como nos sentimos… qué haríamos entonces: ¿contarle a esa persona lo que pensamos de nuestra nueva realidad? El diálogo sería:

A.- ¿Cómo te va la vida?

B.- Pues tengo depresión, te echo muchísimo de menos, no quiero olvidarme de ti, creo que fue un error dejarlo, no me veo capaz de seguir adelante…

Todos entenderíamos que a “A”, si es un ser con una mínima empatía y que además ha querido a “B”, esas palabras le afectarán negativamente y le harán daño.

Es decir, hacer sentir mal a la otra persona (cons o inconscientemente) ¿es realmente apreciar a un amigo? Y, en caso de que seamos los destinatarios de esos comentarios de tristeza y desazón, ¿hasta qué punto no nos hace ésto sentir más culpables y ahonda en una brecha de separación emocional y hastío? Lo cierto es que puede incluso hacer que la cordialidad y el buen recuerdo que nos deja alguien se tranformen en amargura y en rechazo hacia el otro.

Otra opción sería obviar lo que serían las partes más personales de las conversaciones, no hablar de los sentimientos ni todos aquellos temas que puedan incomodar al otro. Pero éso sólo se puede hacer si existe una verdadera amistad y discernir amistad tras una unión sentimental a alguien, es algo que precisa de distancia para ser apreciada.

Pienso, y eso es simple y únicamente “mi experiencia”, que el contacto habitual con el “objeto de deseo” nos impide hacer la transición mental que se necesita para abandonar psicológicamente una relación. Las personas van y vienen y debemos aprender a quedarnos con lo mejor de ellas y a evitar cometer los mismos errores cuando estos nos han hecho daño. El dejarse espacio físico y mental para que el cerebro reconstruya la nueva realidad y procese lo ocurrido significa permitir hacer paz con uno mismo, no culparse ni culpar a nadie.

Como dicen nuestros mayores (y cuánta razón tienen!) el tiempo lo cura todo; el tiempo asienta el espíritu y nos hace relativizar hechos del pasado y darles su justa importancia. Debemos analizar las cosas de forma calmada, sólo después podremos sentarnos con un@ ex y hablar de lo ocurrido y, si se tercia, poder iniciar, ahí sí, una relación cordial de amistad.