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¿Para qué sirve la experiencia?

Se vuelve a repetir. Otra persona pero la misma actitud hacia mí. Por una parte, expresa que me aprecia mucho y que le caigo bien; por la otra, ignora mis mensajes y llamadas y no tiene interés en quedar conmigo o verme.

Oh! Oh! Ésto ya lo he vivido antes… Y es que, nuestra forma de tratar a las personas que nos agradan, salvo matices, es la misma. Si alguien es considerado con las preocupaciones de los demás pero también algo insistente, lo seguirá siendo en las sucesivas relaciones interpersonales que desarrolle a lo largo de su vida. O no.

La memoria está ahí para recordarnos las similitudes con experiencias pasadas y como concluyeron dichas experiencias. Y si resulta que el balance no fue todo lo negativo que nos hubiera gustado… ya sabemos lo que tenemos que hacer: frenar en seco.

Parar. Enfriar la cabeza. Recordar, comparar y analizar.No nos precipitemos. ¿Es realmente lo que estoy viviendo equiparable a lo vivido anteriormente?

Cuando la respuesta sea que sí tiene un parecido razonable es el momento de decir: “No”. “No voy a volver a pasar por ésto de nuevo; no me voy a crear un sufrimiento que sé que no me conduce a ningún lugar bueno”.

La experiencia nos muestra el camino a seguir pero debemos ser capaces de aprender de los errores, de autoanalizarnos, de abrir la mente y ser críticos con nosostros mismos. Es difícil asumir que hemos vuelto a tomar el camino equivocado, pero por lo menos habremos malgastado tan poca energía que nos dá la posibilidad de volver atrás y tomar otros senderos. Sólo así podremos mejorar como personas y mejorar nuestra vida.

Tener iniciativa: he ahí el problema

Estamos acostumbradas a oír por ahí adelante que tener iniciativa en la vida es algo positivo. Es bueno incluirlo en tu currículum vitae como una habilidad; también favorece las relaciones sociales; se valora como un plus en cualquier puesto de trabajo; de hecho, es algo que en las grandes empresas intentan fomentar entre el personal.

Por ejemplo… es viernes y te apetece hacer plan con los amigos; resulta que mañana va a hacer día de playa y crees que hay gente de tu grupo de amigas que les puede apetecer; tal vez hayas encontrado un destino maravilloso para las próximas vacaciones y crees que te lo pasarías genial con mucha gente; hay un aspecto de tu puesto de trabajo que crees que se puede mejorar y piensas plantear un cambio para mejorar la eficiencia de la empresa… y así un largo etcétera.

En todas estas situaciones anteriores y en muchas otras de la vida cotidiana, tienes dos opciones.   Puedes adelantarte y hacer las propuestas que creas conveniente o puedes esperar a que alguien lo haga por ti y dejar que otras se adelanten y propongan.

Seguramente, muchas de las que me estáis leyendo ni siquiera os hayáis planteado nunca el hecho de proponer algo a alguien porque siempre hay quien tome las riendas a la hora hacer actividades que impliquen a un grupo de personas.

Pero la gente con iniciativa está ahí y no siempre (más bien diría yo casi nunca) es apreciada su predisposición para quedar, organizar, proponer, revisar y llevar a cabo algo.

Cuando propones, siempre tienes el miedo al rechazo de la propuesta en sí. A que no les agrade, a que no les convenza, a que quieran modificarla. Bien, éso es aceptable y asumible, no todos pensamos igual. Pero hay otro tipo de rechazo: el que es sutil y se siente en el fondo de tu alma. El rechazo que notas cuando hay silencio, cuando determinadas personas no te buscan y no valoran tu presencia ni lo que aportas. Cuando la gente te ignora.

Te pasas la vida proponiendo cosas, proponiendo actividades, proponiendo tomar un café a alguien que hace mucho que no ves, proponiendo hacer una excursión a un sitio interesante, proponer, proponer y proponer.

Proponer para qué? En el trabajo, como en las relaciones sociales, familiares y de amistad, deberíamos equilibrar lo que damos con lo que recibimos.

Cuando te pasas semanas intentando quedar con alguien y te dice que sí, que le apetece mucho, que encantada y que ya te llamará… Y resulta que pasan semanas, meses y no sabes nada de esa persona.. tú qué pensarías? Pues que esa persona no tiene interés en quedar contigo. De hecho ni le interesa saber cómo va tu vida.

Es así de simple, no? Las personas con iniciativa deberíamos ponernos un número máximo de intentos para desistir de algo: “Si cuando le escriba 6 whatsapp continuos, no me contesta, la bloqueo”. El problema es que muchas de las personas que tenemos iniciativa, también poseemos el gran defecto de ser obstinadas y claro… se junta el hambre con las ganas de comer… ¡¡¡y es una catástrofe!!!

Porque cuando a alguien le interesas, a lo mejor no es hoy ni mañana, pero sí la semana que viene se pondrá en contacto contigo para tomar ese café pendiente, para organizar ese viaje tan esperado, para decidir en qué sitio del “Franco” quedamos para picar algo. Y entonces esa persona, también tendrá iniciativa y se pondrá en el mismo lugar en el que tú has estado y entenderá lo que es luchar con la gente sin iniciativa.

Tal vez sea más sencillo dejarse llevar por los demás pero si todos hiciésemos éso… nada avanzaría. Así que aprended a valorar a la gente con iniciativa; podemos ser pesadas pero somos necesarias.

Manual para una huida hacia adelante

Hay momentos en la vida de uno que se pueden denominar como un punto de inflexión y que, en función de las decisiones que tomemos, determinará la vida que queremos llevar a partir de ese lapso de tiempo.

¿Qué se supone que debe hacer uno en ese instante? Tal vez deberíamos pasar el día en casa meditando, leyendo libros de psicología, viendo “Redes” de Eduard Punset o discutiendo con amigos qué es lo que esperamos de la vida y qué vamos a hacer para conseguirlo.Pero es que hay personas que son un poquito más especiales y que no desean hacer lo que se supone es más lógico. Además, tampoco está comprobado científicamente que se obtenga mejor resultado de aquella manera o con la que os voy a describir ahora: la huida hacia adelante.

huir¿En qué consiste? En llenar todas y cada una de las horas del día que no dedicas a trabajar, comer o dormir – y a veces también robarle horas al sueño-. Quedar con gente, más o menos amiga, pero gente. Ir al gimnasio y de paso a piscina y si hay alguna de estas actividades modernas como el “zumba”m apuntarte también. Apuntarte a todo cuanto evento cultural haya: exposiciones, conciertos, inauguraciones. Más cosas: algún idioma que es poco probable que vayas a usar en tu vida diaria (aunque, quién sabe, tal como está la economía española, mejor nos iría emigrando a la China). O alguna disciplina que siempre quisiste aprender en la infancia pero que tus padres no supieron -o quisieron- captar : dibujar al carboncillo, tocar el piano, hacer ganchillo, cocinar cupcakes… Qué más? Por supuesto, no te puede quedar tiempo para ver la tele, como mucho engancharse a alguna serie de moda como “Breaking Bad” para poder tener tema de conversación en las redes sociales. Sí, las redes sociales! Hay que entrar en facebook un minimo de 5 veces al día para estar ocupado y es imprescindible buscar información en internet sobre alguna compra relevante que necesites hacer en el futuro inmediato (un cepillo de dientes eléctrico, un hervidor de agua, una bata para casa…).

Con todo ésto llegaremos a casa justitos para hacernos la cena y echarnos a dormir hasta tener q espabilarnos para ir a currar. (Los que no tengáis curro, debéis volver a empezar esta rutina a primera hora de la mañana, sino os convertís en calabaza!)

Y ¿qué conseguiremos con tanta actividad frenética? No pensar. No pensar en cómo hemos llegado a un punto de vacío existencial, de soledad, de no saber quiénes somos. No pensar en qué personas queremos que estén en nuestro futuro inmediato, con quién queremos compartir nuestras vivencias. No pensar en si queremos tener familia o no; si nuestro futuro laboral nos depara algo digno de mención. No pensar en qué aspectos de nuestra personalidad debemos desechar porque no nos aportan nada positivo. No pensar en qué sueños nos quedan por realizar, qué países nos quedan por descubrir, qué fantasía sexual aún tenemos por realizar. En fin, no pensar, porque pensar da dolor de cabeza!!!

Esto es una huida hacia adelante: escapar de un presente que no te llena como consecuencia de un pasado que está agotado y que necesita reformularse. Pero ¿necesitamos replantearlo conscientemente? O por el contrario ¿debemos dejarlo que fluya? ¿Es realmente una huida hacia adelante o es soltar amarras y echarse a volar?