Tener iniciativa: he ahí el problema

Estamos acostumbradas a oír por ahí adelante que tener iniciativa en la vida es algo positivo. Es bueno incluirlo en tu currículum vitae como una habilidad; también favorece las relaciones sociales; se valora como un plus en cualquier puesto de trabajo; de hecho, es algo que en las grandes empresas intentan fomentar entre el personal.

Por ejemplo… es viernes y te apetece hacer plan con los amigos; resulta que mañana va a hacer día de playa y crees que hay gente de tu grupo de amigas que les puede apetecer; tal vez hayas encontrado un destino maravilloso para las próximas vacaciones y crees que te lo pasarías genial con mucha gente; hay un aspecto de tu puesto de trabajo que crees que se puede mejorar y piensas plantear un cambio para mejorar la eficiencia de la empresa… y así un largo etcétera.

En todas estas situaciones anteriores y en muchas otras de la vida cotidiana, tienes dos opciones.   Puedes adelantarte y hacer las propuestas que creas conveniente o puedes esperar a que alguien lo haga por ti y dejar que otras se adelanten y propongan.

Seguramente, muchas de las que me estáis leyendo ni siquiera os hayáis planteado nunca el hecho de proponer algo a alguien porque siempre hay quien tome las riendas a la hora hacer actividades que impliquen a un grupo de personas.

Pero la gente con iniciativa está ahí y no siempre (más bien diría yo casi nunca) es apreciada su predisposición para quedar, organizar, proponer, revisar y llevar a cabo algo.

Cuando propones, siempre tienes el miedo al rechazo de la propuesta en sí. A que no les agrade, a que no les convenza, a que quieran modificarla. Bien, éso es aceptable y asumible, no todos pensamos igual. Pero hay otro tipo de rechazo: el que es sutil y se siente en el fondo de tu alma. El rechazo que notas cuando hay silencio, cuando determinadas personas no te buscan y no valoran tu presencia ni lo que aportas. Cuando la gente te ignora.

Te pasas la vida proponiendo cosas, proponiendo actividades, proponiendo tomar un café a alguien que hace mucho que no ves, proponiendo hacer una excursión a un sitio interesante, proponer, proponer y proponer.

Proponer para qué? En el trabajo, como en las relaciones sociales, familiares y de amistad, deberíamos equilibrar lo que damos con lo que recibimos.

Cuando te pasas semanas intentando quedar con alguien y te dice que sí, que le apetece mucho, que encantada y que ya te llamará… Y resulta que pasan semanas, meses y no sabes nada de esa persona.. tú qué pensarías? Pues que esa persona no tiene interés en quedar contigo. De hecho ni le interesa saber cómo va tu vida.

Es así de simple, no? Las personas con iniciativa deberíamos ponernos un número máximo de intentos para desistir de algo: “Si cuando le escriba 6 whatsapp continuos, no me contesta, la bloqueo”. El problema es que muchas de las personas que tenemos iniciativa, también poseemos el gran defecto de ser obstinadas y claro… se junta el hambre con las ganas de comer… ¡¡¡y es una catástrofe!!!

Porque cuando a alguien le interesas, a lo mejor no es hoy ni mañana, pero sí la semana que viene se pondrá en contacto contigo para tomar ese café pendiente, para organizar ese viaje tan esperado, para decidir en qué sitio del “Franco” quedamos para picar algo. Y entonces esa persona, también tendrá iniciativa y se pondrá en el mismo lugar en el que tú has estado y entenderá lo que es luchar con la gente sin iniciativa.

Tal vez sea más sencillo dejarse llevar por los demás pero si todos hiciésemos éso… nada avanzaría. Así que aprended a valorar a la gente con iniciativa; podemos ser pesadas pero somos necesarias.

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